EL ALCALDE QUE SE ABURRIÓ DE LA POLÍTICA

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A punto de cumplir dos años como alcalde de Santiago, Raúl Alcaíno está saliendo adelante de uno de sus períodos más difíciles. Aislado de los partidos y sin manejo político, recibió un municipio en bancarrota que recién ahora está logrando sanear. Ha debido sortear múltiples conflictos y su incomodidad en la alcaldía ha sido evidente. Por lo mismo, muchos apuestan a que no irá a la reelección. Otros, en cambio, dicen que el edil recién ha comenzado a reencantarse con el cargo.

Mientras todos los partidos políticos hacen sus cálculos para la elección municipal de Santiago en 2008 y dan casi por hecho que Raúl Alcaíno Lihn (53, tres hijos) no repostulará, el actual alcalde decidió alejarse de esa discusión y refugiarse en su casa de veraneo en el sector de La Península, en Pucón.

Alcaíno optó por desconectarse. Tiene apagado su celular y no quiere hablar con la prensa. Días antes de irse de vacaciones, señaló que aún es prematuro definir si se repostulará o no y que es un asunto que resolverá sólo a fines de este año.

Quienes conocen a Alcaíno coinciden en que necesitaba el descanso: el 2006 ha sido uno de los años más difíciles para el ex animador de televisión. A los sucesivos conflictos que ha debido sortear en el municipio se sumó la muerte de su padre, a fines del año pasado, ingeniero y ex alcalde de San Miguel de quien heredó en parte el gusto por lo público.

Pero es justamente su irrupción en la arena pública la que hoy tiene complicado a Alcaíno. Sus cercanos dicen que su problema es que, después de su campaña y de dos años al frente de la alcaldía más importante de Chile, se aburrió. Aunque en el último tiempo estaba logrando posicionarse como el alcalde gestor que logró ordenar un municipio históricamente deficitario, no se siente contento ni cómodo en su actual papel.

Difícil debut

La candidatura de Alcaíno en Santiago se gestó en pocos meses. A mediados del 2003, durante una conversación con su socio histórico Álvaro Fischer, Alcaíno manifestó su interés por ser alcalde de Santiago. De inmediato Fischer, que conocía al entonces presidente de la UDI, Pablo Longueira, concertó una cita con él. En las oficinas de ese partido se reunieron Longueira, Lavín, Fischer y Alcaíno para analizar la opción del empresario. En muy poco tiempo, lo midieron en las encuestas y oficializaron su nombre.
Pero el aterrizaje fue muy distinto. Aunque logró imponerse con un 49,04 % de los votos en una reñida disputa con el PPD Jorge Schaulsohn en diciembre de 2004, a poco de sentarse en el sillón de la alcaldía se percató de la aplastante realidad: un municipio sobredotado de personal, sumido en una crisis financiera y encargado de un Teatro Municipal técnicamente quebrado. “La noria no tiene agua”, fue una de sus primeras expresiones para graficar los problemas presupuestarios que se encontró en la comuna. El déficit alcanzaba los 7 mil millones de pesos.

Un profesional que conoce a Alcaíno dice que subestimó los problemas de la alcaldía. “En la UDI tampoco le advirtieron el ‘pastel’ que se iba a encontrar”, señala una fuente cercana al alcalde.

El único político de la oposición con quien Alcaíno se reúne con cierta frecuencia es Lavín. En el lavinismo dicen que Alcaíno fue muy leal con el ex candidato presidencial durante la campaña de 2005.

Raúl Alcaíno (1959)

Apostó entonces por aplicar su estilo ejecutivo y su exitosa experiencia empresarial -socio de Resiter, Le Grand Chic, Sandrico y SMB Factoring- al municipio. Pero las cosas se fueron enredando aún más.
A pocos meses de desembarcar en la Plaza de Armas, se había ganado una pelea con la concejala María Estela León de Lavín, quien lo acusó de no tener “conciencia social” tras su decisión de eliminar el llamado “plan pololo”, una de las medidas emblemáticas que había desarrollado el ex alcalde Joaquín Lavín. A diario manifestantes lo esperaban a la entrada del municipio con carteles que decían: “Alcaíno, prometiste y no cumpliste”.

Había además otro factor que tenía “atrapado” al edil: “Por un tema de lealtad, no podía salir a pasarle la cuenta de los problemas del municipio a Lavín, quien estaba en campaña con Piñera”, afirma un gremialista. Además, ya era tarde para responsabilizar a Jaime Ravinet de las precarias condiciones del municipio.

“Lavín nunca se enteró por lo diarios de lo que sucedía en la Municipalidad de Santiago. Alcaíno siempre le informaba antes”, dice un lavinista. “Cuando decidió eliminar el ‘plan pololo’, le avisó a Lavín”, agrega.

Otra de las medidas que le costaron más de un conflicto con el propio concejo municipal fue la disminución de la frecuencia de circulación de los camiones recolectores de basura. Los concejales exigían la suspensión del polémico ajuste, mientras las imágenes de las esquinas del centro atiborradas de basura aparecían en todos los medios de comunicación.

En esa primera etapa Alcaíno estaba realmente desesperado e incómodo, reconocen personas de su entorno. “Puros problemas y ninguna satisfacción”, solía comentarles a sus cercanos.

Sin experiencia en gestión pública, Alcaíno tampoco tenía la frialdad a la que suelen echar mano los políticos cuando están en problemas. “Raúl no tiene el temple, ni la personalidad, ni la ambición que tiene el político para echarle para adelante a cualquier costo. Los conflictos lo afectan”, dice un UDI que ha trabajado con él.

Él mismo reconoció esa distancia en una entrevista: “No me gusta el mundo político. Los políticos se saben manejar en ambientes de más desorden, yo soy ingeniero…”, dijo a The Clinic en octubre pasado.

Otro de los temas que fueron desencantándolo “fue convencerse de que era muy difícil aunar criterios al interior del gran aparataje municipal de 9 mil funcionarios. Los concejales se mueven por un interés particular, los empleados públicos por otros, los contratistas tenían su propia agenda…”, dice un amigo cercano.

El abandono de la Alianza

A los problemas de la municipalidad se sumó otro factor que complicó más el cuadro: Alcaíno -que postuló como independiente- sufrió en carne propia el abandono del sector que lo llevó a la alcaldía. Unos sostienen que el gremialismo simplemente dejó que se hundiera. “La UDI no lo tomó más en cuenta. Y por todos los conflictos en que estaba sumida su gestión, Lavín tampoco se acerco a él durante su campaña presidencial del 2005”, afirma un profesional cercano al edil. Además, dice una figura gremialista, “la UDI nunca lo ha sentido propio”.

Alcaíno tenía nula experiencia política: nunca ha militado y tampoco tiene lazos con los partidos, de modo que se mostraba apático y solitario.

En su círculo dicen que tampoco quería camisetearse con la Alianza. “Raúl quería tener independencia y no ser visto como alcalde de oposición. Esta postura le ha dado resultado, ya que ha conseguido trabajar muy distendidamente con el gobierno y ha tenido buena relación con los cuatro intendentes que han pasado por Santiago en estos dos años”, resume uno de sus amigos.

En la Concertación fueron bien vistas sus recientes declaraciones de apoyo al Transantiago: “Quiero felicitar a las autoridades que lo implementaron”, dijo. Incluso el ministro de Transportes, Sergio Espejo, lo llamó para agradecerle ese gesto.

El único político de oposición con quien Alcaíno se reúne con cierta frecuencia es Lavín. “Ambos se tienen cariño. Durante la campaña presidencial Alcaíno fue muy leal con Lavín”, afirma un miembro del comando.

La renuncia

“Raúl estaba tan entusiasmado con la idea de ser alcalde que no dimensionó la dificultad que enfrentaría. Muchos hablamos con él y le transmitimos lo que significaba, pero él, llevado por el entusiasmo, escuchó lo que quiso”, señala uno de sus amigos.
La situación llegó a tal extremo que a principios del 2005 y en plena carrera presidencial, el equipo de Joaquín Lavín evaluó qué sucedería si Alcaíno abandonaba el cargo. “Alcaíno no daba más y se evaluó la alternativa de que asumiera la concejala Estela León. Sin embargo, a los pocos días el alcalde se convenció de que debía terminar su período, dejando claro, eso sí, que no iba a repostular”, cuenta un miembro del lavinismo.

Incluso en la entrevista con The Clinic de octubre dejó traslucir su desencanto con la política: “Ser alcalde te cambia la vida para mal. A lo mejor tu ponís (sic) a otra persona y sale feliz de la vida. Te trae problemas, pero yo siento que uno debe abordarlos, sentir la responsabilidad. No es fácil, no tenís (sic) la varita mágica. Termina mi mandato y yo me voy a mi casa”.

Un gerente implacable

Pese a todos los problemas, Alcaíno logró imponer el orden al interior del municipio. “Se sumergió, y pese a las presiones de que fuera más mediático, no dio entrevistas ni habló con la prensa y se convirtió en un gerente implacable”, dice un profesional cercano a la municipalidad.

Reacio a aparecer en público, sus amigos dicen que suele recorrer la comuna de noche, en moto, para ver en terreno si las canchas de fútbol están iluminadas o si se está retirando la basura.

“Desde la municipalidad no se ve La Moneda”. Esta frase que patentó el propio alcalde resume fielmente su perfil. “No responde a los intereses de los partidos políticos y no está usando el municipio como trampolín para una carrera presidencial”, señala un cercano.

Por eso, no dudó en cambiar la orientación asistencialista que había heredado de la gestión de Lavín. “Si Lavín había gobernado con un espíritu asistencialista enfocado a los 100 mil electores de la comuna, Alcaíno decidió dar un giro y preocuparse de los más de dos millones de personas que diariamente entran y salen, mejorando los espacios públicos”, explica un empresario del círculo del edil.
El déficit en las arcas municipales lo obligó a reducir costos. Junto con eliminar los “planes pololo” (trabajo esporadico para 400 personas ideado por Lavín), suspendió las canchas de esquí y las playas ideadas por su antecesor. Además, cortó el subsidio de transporte para el adulto mayor y los programas de atención dental para la tercera edad; disminuyó la frecuencia de los camiones recolectores, no dio nuevos permisos al comercio ambulante y tampoco renovó los contratos.

Fue implacable a la hora de los cobros de patentes y las multas municipales. Además, contrató a la consultora de Javier Etcheberry para digitalizar todos estos procesos.

Otro de los ejes de su gestión ha sido el combate por la probidad en los cargos públicos, asesorado por el presidente de Transparencia Internacional, el abogado Davor Harasic. En junio pasado denunció a las funcionarias Patricia Miranda y Elisabeth Needham por presunto fraude al Fisco, y recientemente a Juan Molina por el delito de cohecho.

Uno de los proyectos que más lo entusiasman es construir un parque sobre la carretera Norte-Sur, desde el río Mapocho hasta la Alameda, del estilo del Jardín de Tullerías en París, lo que permitiría unir la comuna.
Además del “skatepark” que inaugurará en marzo, contrató a un grupo de arquitectos que está realizando un “master plan” para transformar el Parque O’Higgins en un pulmón verde.

Pero donde ha sido más implacable fue al intervenir en la gestión del Teatro Municipal, que estaba técnicamente quebrado. “Ni Lavín ni Ravinet tuvieron el coraje de asumir la crisis en que estaba sumido el Municipal, ya que había que enfrentar muchos costos políticos para ordenarlo internamente”, dice un cercano al actual alcalde. Esos fueron los costos que Alcaíno debió enfrentar. Trajo a dos gerentes -Gonzalo Parot y Ricardo Hoffman- para mejorar la administración y eficiencia al teatro. Intervino además la gestión de Andrés Rodríguez, uno de los considerados “intocables” de la institución, y modificó los reglamentos de trabajo de los músicos de la orquesta filarmónica. Estos últimos gozaban de 13 sueldos, 102 días de vacaciones y trabajaban entre 18 y 24 horas semanales. El ajuste de Alcaíno significó la salida de varios de ellos.

En medio de la negociación con los músicos, debió enfrentar un bochornoso episodio. Con un teatro lleno de gente, la soprano chilena Verónica Villarroel no pudo salir al escenario a interpretar Otello, ya que los músicos se negaron a tocar. Pese a todo, dicen en el concejo, Alcaíno logró superar los problemas financieros por los que atravesaba la institución.

Después de dos años en crisis y tras haber ordenado las arcas municipales, Alcaíno, dicen sus cercanos, “ha comenzado a ver la luz”. Con un equipo de trabajo más afiatado y una “caja” de cinco mil millones -de los 80 mil millones de presupuesto anual- para gastar este año en los proyectos que más lo motivan, muchos creen que en 2007 su gestión relucirá.

Aunque algunos no descartan que, si todo marcha bien, Alcaíno se reencante con el cargo y hasta se tiente con la idea de repostular el 2008, otros dicen que ya desechó esa posibilidad y que no está dispuesto a seguir navegando por otros cuatro años en el duro aparataje del sector público


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