Ocho historias inéditas del paro que hace 10 años indignó a los santiaguinos

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El 12 de agosto de 2002, los micreros «amarillos» jugaron su última carta contra la reforma del transporte público.En los días previos, el Gobierno había logrado romper la hegemonía del gremio al incorporar a nuevos actores en la licitación de Metrobús. El cambio ya no tenía vuelta atrás. Amenazados en el corazón de su negocio, los autobuseros forzaron una batalla final en las calles. La reacción del Gobierno y de la gente, sin embargo, no estaba en sus cálculos.

Ricardo Lagos (74)
Su enérgica reacción ante el paro y bloqueo microbusero fue un hito de su gobierno (2000-2006). Hoy dirige su Fundación Democracia y Desarrollo.
José Miguel Insulza (69)
El ex ministro del Interior fue el articulador de la decisión política con que se enfrentó el paro. Desde 2005 es el secretario general de la OEA.
Javier Etcheberry (65)
El ex biministro de OO.PP. y Transportes volvió al sector privado y hoy lidera Multicaja, competidor de Transbank en los pagos y transferencias en línea.
Guillermo Díaz (51)
Ex subsecretario de Transportes, vive en Panamá, donde asesoró el diseño de un sistema de transporte. Hoy trabaja para Sonda, que opera el medio de pago.
Marcelo Trivelli (58)
Al ex intendente metropolitano se le encargó invocar la Ley de Seguridad contra los autobuseros. Renunció a la DC y apoyó a ME-O en 2009.
Germán Correa (72)
El ex coordinador de transportes fue consultor del PNUD, pasó por la presidencia del puerto de Valparaíso y hoy es vicerrector de la Universidad Central.
Manuel Navarrete (65)
Ex máximo líder del sector, se sumó al Transantiago y quebró. Fue indagado por impuestos y perdió su fortuna. Hoy dirige un taller mecánico en La Cisterna.
Demetrio Marinakis (65)
Se negó a trabajar para Transantiago y dejó la actividad. Vive con una jubilación de $100 mil y del arriendo de propiedades. Padece un mal hepático.
Armando Huerta (67)
El ex líder del gremio de los taxibuses vendió todos sus vehículos y no participó del Transantiago. Hoy se dedica a importar casas prefabricadas desde China.
Marcel Antoine (61)
Ex dirigente de Metrobús. Tras un fallido negocio de buses, su último vehículo fue robado y desguazado. Ahora trabaja como conductor de Buses Metropolitana.
Orlando Panza (73)
Tras dejar la Federación Santiago, formó una empresa que arrendaba buses amarillos a Transantiago. Hoy prepara la importación de un bus eléctrico para la capital.
Juan Pinto Z.
Luego de abandonar al gremio micrero en 2001, por rencillas con Navarrete y Marinakis, se acopló a Transantiago y hoy ostenta alrededor del 48% del mercado en la capital.

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1) La asamblea. La cita fue a las 11:00 del jueves 8 de agosto de 2002, en el 7° piso del edificio de la Asociación Gremial micrera. Ahí, cuatro dirigentes (sólo faltaba Marinakis) del Consejo Superior debían informar a unos 300 delegados el resultado de la última reunión con el Gobierno. «No se pudo. Habrá que examinar otro camino», dijo Navarrete para explicar la negativa del Ejecutivo a bajar la licitación de Metrobús, antesala del Nuevo Plan de Transportes. «¡Cobardes! ¡Vendidos! ¡Vamos al paro!», vociferaba la concurrencia. Tras un breve diálogo, la cúpula sometió a voto la idea, designó las comisiones para organizar la movilización y se retiró. Ese día se fraguó en secreto el bloqueo de la capital.

2) Marinakis de vacaciones. Había comprado en marzo mis pasajes. La presión por ver a los empresarios casi en la calle y la tozudez del Gobierno me tenían estresado y con pena», relata Demetrio Marinakis para explicar por qué, justo unos días antes del bloqueo, dejó el país para pasar unas vacaciones en Playa del Carmen.

Al retornar, mientras una delegación deportiva arribaba al aeropuerto, un reportero radial le consultó por el paro previsto para dos días después: «Claro que apoyo el paro y hasta las últimas», dijo. Hoy, asegura que no estaba enterado del bloqueo y que pensaba que sólo sería una acción de manos caídas.

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Reconocido por sus adversarios y autoridades como el más apasionado de los cinco dirigentes del Consejo Superior del Transportes, insiste -tras 10 años- que no tuvo nada que ver con la idea de bloquear. Pese a que varios testigos de la asamblea decisiva aseguran que fueron sus hermanos quienes más abogaron por demostrar poder con un duro golpe».

«Manuel (Navarrete) era el presidente del gremio, yo no contaba. Nunca fui partidario de lo que iba a pasar, pero como buen soldado, asumí la culpa. Iban a tomar presa a mi mamá de 84 años», explica con un cigarrillo en la mano.

Hoy asegura que está jubilado y recurre a Fonasa para tratar un extraño mal al hígado.

3) El último intento. De vuelta en Santiago, y con los aprestos del paro en marcha, hubo una última reunión para impedir la protesta. Fue en la mañana del domingo 11 de agosto, en la oficina del empresario autobusero Edgardo Rivera. Por los micreros asistieron el anfitrión y Demetrio Marinakis. Por el Gobierno, el Subsecretario Guillermo Díaz y su asesor, Fredy Ponce.

La Moneda sabía que los dirigentes habían ordenado el bloqueo de calles, y, según sus antecedentes, la instrucción la dio el propio Marinakis. Por eso, cuando éste puso como condición para bajar la movilización que el Gobierno declarara desierta la licitación de Metrobús, Díaz se negó. Y le advirtió que si había bloqueo, el Ejecutivo reaccionaría con tres medidas: se querellaría por Ley de Seguridad, sacarían los buses con la fuerza pública y abriría procesos administrativos para sancionar a las líneas involucradas. «Nunca creyeron que íbamos a hacer eso. Estaban acostumbrados a hacer lo que querían», comenta un testigo de la cita.

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4) El retraso que enfureció a Lagos. «Lo que hemos visto hoy es absolutamente inaceptable, por lo tanto, aplicaremos todo el rigor de la ley. Como Presidente de Chile, me debo a los 15 millones, y no voy a aceptar el chantaje de algunos pocos», advirtió el Presidente Ricardo Lagos en la tarde del lunes 12, cuando la ciudad ya había padecido la primera jornada del bloqueo. Poco antes, el mandatario se había reunido en su despacho del Palacio de la Moneda con el ministro del Interior, José Miguel Insulza; el ministro del ramo, Javier Etcheberry; el coordinador del plan, Germán Correa; el intendente metropolitano, Marcelo Trivelli, y el director de Orden y Seguridad de Carabineros, general Nelson Godoy.

Según testigos, Lagos no lograba comprender cómo los dirigentes de un gremio con el que había acordado personalmente el congelamiento de la tarifa escolar pocas semanas antes, le hiciera esto a la ciudad. Sin pedir opiniones, el Jefe de Estado sólo hablaba de llevarlos tras las rejas. Testigos de la cita relatan que el Presidente golpeaba la mesa preguntando «¡dónde están!» y exigiendo medidas urgentes y ejemplarizadoras a los presentes.

Insulza comentó que los escenarios de reacción ya estaban previstos: mientras la Intendencia iba a recurrir a la Ley de Seguridad del Estado, Carabineros haría lo posible por restablecer la conectividad de la capital. Para ello se había coordinado el traslado de maquinaria pesada de Vialidad que ayudara a las grúas policiales a retirar los buses.

Además, Etcheberry habló con Juan Villarzú para pedirle camiones a Codelco con el mismo propósito. Con ello se buscaba generar impacto y dar una señal de potencia a los movilizados.

La misma versión apunta a que la verdadera causa de la molestia de Ricardo Lagos fue que el país se encontraba en pleno debate sobre la agenda para promover inversiones extranjeras, aprovechando el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

Esa mañana, el Mandatario tenía programado asistir a un encuentro con más de 50 empresarios para anunciar la iniciativa «Business Envoy of Chile» en el Edificio de la Industria, pero no pudo llegar a tiempo. Es más, del total de invitados de la Sofofa y el Comité de Inversiones Extranjeras, sólo unos 100 empresarios pudieron escuchar al Presidente.

Tanto en su trayecto hacia el sector del «Sanhattan» como al retornar a La Moneda, la cápsula de seguridad del Presidente encontró diversos obstáculos, mientras en las radios se informaba del colapso generalizado de la capital.

El ex ministro Javier Etcheberry recuerda que ese día «las cosas sucedieron en La Moneda, donde estábamos en reunión permanente. El Presidente llamó a una reunión a todos los involucrados».

Según su relato, tras confirmarse la magnitud del bloqueo, las decisiones pasaron a manos del Presidente Lagos y del ministro Insulza.

Añade que el que operaba era el titular de Interior, pero el que daba la fortaleza política era el Mandatario: «El Presidente Lagos estaba indignado y quería ser muy duro, pero Insulza fue hábil».

Para Germán Correa, el bloqueo «fue una oportunidad para avanzar si obstáculos. Desde el mismo día del paro, yo comencé a reunirme con las bases micreras para avanzar con el plan. Realmente fue un error, nos facilitaron el camino».

 

5) Ciudad paralizada. Ni para el terremoto del 27-F hubo tantas dificultades para moverse en Santiago. Ese lunes 12 de agosto de 2002, millones de personas llegaron tarde o faltaron a sus trabajos. Instruidos por los jefes de línea, estacionaron sus buses en unos 50 puntos previamente acordados, en especial en el anillo Américo Vespucio.

Ciento cinco recorridos se plegaron al paro. El fallo del ministro Raúl Rocha estableció que se impidió el libre tránsito de todo tipo de vehículos, incluso de emergencia. Un hombre murió por la demora de la ambulancia que lo iba a trasladar a un hospital. Los conductores dejaron sus máquinas enganchadas y sin llaves, para hacer más difícil que las sacaran de las calles.

6) El asesino de Alexis. Luego de que el ministro Raúl Rocha ordenara su detención y tra un «movido» viaje a la ex Penitenciería en el carro celular de Gendarmería, los primeros detenidos (Navarrete, Marinakis y Antoine) quedaron recluidos en el segundo piso del penal.

Entonces, un gendarme le pidió a Marinakis que no bajara al patio de la cárcel, porque Luigi Sepúlveda -quien había asesinado a su hermano Alexis MArinakis cuatro años antes en un asalto- era el «mocito» del quiosco. Todos coinciden en que algunos reos «ofrecieron» la vida del preso a cambio de dinero. «Mi amigo se quebró, pidió un café y un cigarrillo, pero se negó a cobrar venganza», relata Armando Huerta.

7) Las presiones políticas internas. Con los dirigentes microbuseros detenidos, pronto surgieron gestiones para bajar el requerimiento por Ley de Seguridad. Etcheberry admite que vinieron «del interior del Gobierno» y «de un par de parlamentarios de la DC», que entonces presidía Adolfo Zaldívar. Él se opuso, y asegura que replicó a quienes buscaban un abuenamiento: «Les dije a estos personajes , ‘mira, ganamos el partido, ganamos el campeonato, vamos a dar la vuelta olímpica, ¿y a ti te da pena y quieres que juguemos 15 minutos por lado?».

8) La reconciliación. Por antagónicas que parecieran sus posturas, Etcheberry y Navarrete reanudaron sus encuentros «uno o dos meses después del paro», recuerda el ex ministro, porque había que avanzar en la transformación del transporte público.

Los autobuseros terminaron sumándose al plan, que aún no cuajaba en lo que hoy es el controvertido Transantiago, y ganaron algunas concesiones, que después dejaron por problemas económicos y de gestión.

La relación se recompuso de tal forma que ANvarrete y algunos de sus socios asistieron a la cena de despedida que se loe ofreción a Etcheberry en CasaPiedra cuando dejó la certera en 2005. Allí, el ex ministro fue ampliamente elogiado. «La próxima vez que digan tantas cosas buenas tuyas vas a estar horizontal y en un cajón» le dijo Sebastián Piñera, uno de los oradores.

El frente a frente de Navarrete y Etcheberry, 10 años después

 

«El modelo faraónico de Lagos fracasó»
Acostumbrado a referirse a sí mismo en tercera persona, Manuel Navarrete no olvida sus años como uno de los más poderosos dirigentes gremiales del país. «Hoy día, Manuel Navarrete está tranquilo, dedicado a la familia. En la actualidad, observamos lo que ocurre», dice, mientras esboza una leve sonrisa.
Sentado en el escritorio de su taller mecánico en La Cisterna y acompañado de un inhalador que a ratos le ayuda a recobrar el aliento, el ex líder micrero afirma: «Yo estoy muerto, mis amigos micreros me creen el responsable de su ruina. Eso es pasado. Hoy tenemos que entender que las micros amarillas son inviables, ya no volverán, y eso debemos entenderlo todos».
El ex dirigente asegura que pese a todo, «las personas comprenden que nosotros no fuimos los causantes del fracaso del Transantiago. Eso fue producto de un sueño faraónico concebido en la cabeza del ex Presidente (Ricardo) Lagos. Si el librito de Carlos Cruz lo indica, Lagos siempre quiso segregar las comunas y transformarlas en pequeñas ciudades donde todo pasaba. Pero esa visión filosófica olvidó que los pobres de San Bernardo, La Pintana y Puente Alto debían ir a otras zonas para trabajar. Ahí nació la semilla del error del Transantiago», dice.
Consultado acerca de si existe una receta para mejorar el transporte en Santiago, asiente con la cabeza, se golpea el pecho y dispara: «Y yo sé qué hacer».

 

«La gente lo tomó como una cosa épica»
¿Se pudo evitar el paro y bloqueo de Santiago?
Para el ex ministro Javier Etcheberry, «no había posibilidad de diálogo» con los autobuseros: las posiciones eran muy distintas. «Nosotros pensábamos que teníamos la fuerza para hacer el cambio y ellos pensaban que tenían la fuerza para oponerse», explica. En ese «gallito», añade, «estaba el mito de que ni Pinochet se había atrevido con ellos. Por lo tanto, creían que tenían más fuerza de la que tenían», dice.
Otro factor decisivo, a su juicio, fue la reacción de la población. «Cuando bloquearon la ciudad, se produjo tal indignación, que la gente hablaba en todas partes, en radio y televisión, contra los micreros y se tomó con un espíritu deportivo esto de tener que caminar mucho, partir al metro o no ir al trabajo. Fue tomado como una cosa épica. Los santiaguinos estaban muy enojados con los micreros», recuerda.
Para Etcheberry, la derrota autobusera fue clave para la posterior reforma al transporte público, «independiente de que después Transantiago haya tenido partes que no fueron bien implementadas o fueron mal diseñadas. (…) Todos sabemos que el Transantiago se transformó en una pésima imagen para el país, pero es mucho mejor que el sistema de los buses amarillos, aunque hay que mejorarlo».


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