La inteligencia artificial de Matías Muchnick

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En plena pandemia, NotCo –la compañía que fundó para producir alimentos en base a plantas y vegetales– se convirtió en la startup chilena con mayor inversión extranjera.

Desde esa posición, este ingeniero de 32 años dice que los empresarios locales tienen una manera de pensar obsoleta, habla del estrés de los negocios, adelanta sus planes de irse a Estados Unidos y cuenta su historia de fracaso y éxito que hoy lo tiene, junto a Cornershop, en el Olimpo del emprendimiento.
“(Los empresarios) tienen miedo al borrón y cuenta nueva, tienen miedo a cambiar desde cero. Pero ese es el camino”

—¿Qué opinión tiene de los empresarios chilenos?
—Hay empresarios y empresarios, no se puede generalizar, y también están los mandos medios. Hay una historia que siempre cuento: Hace unos años tuve una reunión con un ejecutivo de una gran compañía de alimentos que me dijo: “Mira, Matías, al final, lo que come el consumidor lo decido yo”. A mí se me pararon los pelos y pensé: “Esta compañía va a morir de aquí a cinco años por gente como esta”. No puede ser que no entiendan que el consumidor es lo más importante que tiene cada empresa. Es el que elige; entonces, esa forma de mirar las cosas es lo que ha hecho que sean tan criticados (los empresarios), porque las decisiones que toman son terribles. Están obsoletos, porque son una generación que manejaba una sociedad distinta. Hoy el mundo cambió. Los empresarios ya no tienen el poder.
Matías Muchnick, 32 años, es uno de los socios y creadores de NotCo, una innovadora compañía que reemplazó proteínas de animales con ingredientes vegetales sin afectar el sabor de los alimentos. La idea dio en el clavo y llamó la atención más allá de los límites del país. Hace una semana logró recaudar 85 millones de dólares, a través de un fondo ligado a uno de los fundadores de Twitter. El año pasado, Jeff Bezos, dueño de Amazon, ya había apostado por ellos invirtiedo 30 millones de dólares. Así, la empresa se convirtió en la startup chilena con mayor inversión extranjera. Desde allí, Muchnick es crítico con los empresarios locales.
—Tienen un mindset antiguo, obsoleto, de la oficina grande, de que hay que tratarlos de usted, del “no tengo tiempo”. ¡Loco, revisando una planilla de Excel para ver cómo van tus números no es como vas a cambiar este mundo! –alza la voz–. No saben cómo interactuar con una nueva generación que está pidiendo una manera distinta de pensar. Esa es mi opinión personal. ¿Se pueden adaptar? Sí. ¿Quieren adaptarse? No creo que quieran. Yo creo que las empresas grandes se están hundiendo y están agarrando baldes para sacar el agua del bote, cuando en realidad lo que tienen que hacer es ponerse el traje de baño y tirarse al agua. Tienen miedo al borrón y cuenta nueva, tienen miedo a cambiar desde cero. Pero ese es el camino.
Si fuera por su edad, Matías Muchnick caería en la categoría de millenial, pero su postura profesional tiene poco que ver con esa generación. Por ejemplo, apenas salió de la universidad, en 2012, y mientras la mayoría de sus compañeros de colegio Santiago College y de Ingeniería en la Universidad de Chile preparaban sus viajes al sudeste asiático, él postuló a una práctica de dos meses al banco JP Morgan en Hong Kong. Fue un trabajo que él mismo tuvo pagar al momento de quedar, pero la experiencia, dice, lo marcó.
—Yo le ayudaba a manejar el patrimonio a las familias con mucha plata. Trabajaba hartas horas. Y más que finanzas, tuve que aprender hasta de arte, porque esta gente compraba en Sotheby’s y en Christie’s. Me acuerdo de un millonario que para el cumpleaños número 15 del hijo le compró un cuadro de dos millones de dólares y yo ni sabía quién lo había pintado. Ahí me tuve que poner al día.
“Me tocó conocer gente muy interesante y otra que no era nada de interesante. Pero de todas me quedaba algo. Por ejemplo, al mes había visto que el denominador común de las familias millonarias más felices tenía que ver con que ese millonario era el primero que había logrado la plata en su familia. Recuerdo el caso de una familia italiana a la que atendía, dueña de la quinta empresa de yates más grande del mundo. Me contaron su historia: el papá era un pescador de Liguria que hacía sus propios botes. A su hijo le gustaba el arte y el diseño, y un día le dijo: ‘Viejo, ¿me das un poco de plata para hacerte un barco un poco más decente que ese en el que sales a pescar todas las mañanas?’. Y le hizo un barco pesquero con un diseño espectacular. Otro día iba pasando un yate al lado del barquito y le preguntó al papá: ‘¿Quién te hizo este barco?, ¡qué lindo!’. Era un multimillonario que le mandó a hacer su primer yate. Y así partió”.
A diferencia de esa familia italiana, Muchnick cuenta que también se topó con historias que iban en otra dirección.
—Hong Kong tiene la destrucción de patrimonio más grande en el mundo. Familias que perdían el patrimonio en la tercera o cuarta generación, ¿por qué? Porque compraban Ferraris, compraban casas de no sé qué, salían a carretear y a apostar, olvídate. Un despilfarro.
Al volver a Chile, dice que se enfrentó de nuevo a la misma decisión de antes: seguir trabajando o ir a reunirse con sus amigos en sus viajes por el mundo.
—Dos hermanos se habían ido a esos viajes también. Pero preferí quedarme.
Entonces, aprovechó el tiempo e inventó su primer emprendimiento: una aplicación relacionada con la alimentación. Durante toda su época de colegio había jugado rugby y la comida era un tema en su vida.
—Los rugbistas éramos los parrilleros. Comíamos carne todos los días, y mientras más comías, más relacionado con la masculinidad estabas. Pero en un momento quise mejorar mi performance deportiva, y empecé a hacerme muchas preguntas. ¿Qué es mejor que coma?, ¿qué me hace bien?, ¿qué me hace mal?, ¿por qué no existe algo distinto a lo que venimos comiendo hace 80 años?
Era fines de 2012 y se puso a estudiar: partió por mirar las etiquetas de los alimentos. Así se percató de que había una desconexión total entre lo que “creemos que estamos comiendo y lo que realmente estamos comiendo”.
—Me di cuenta de que los productos que nosotros pensamos que comemos, nuestra mayonesa, nuestro yogur, nuestra leche, todo, es una ilusión.
Así que decidió hacer algo al respecto y creó una aplicación que contara las calorías e informara exactamente qué estaba comiendo cada usuario. Postuló a un fondo Corfo, ganó e inició ese primer emprendimiento.
—Y fue mi primer flop.

—¿Qué es un flop?
—Fracaso, ¡un fracaso drástico! Estuve un año y medio trabajando en eso y no funcionó. Una semana antes de que saliera la aplicación, la boté. No tenía idea de emprender. No pude armar un equipo, me traté de traer a dos o tres personas y todas me dijeron que no.

Tuvo que devolver los 10 millones de pesos del fondo Corfo.
Un amigo de la universidad había empezado su tesis analizando las mayonesas que se comercializaban en el país, porque “Chile es el tercer mercado que más consume mayonesa en el mundo”. Entre ambos contrataron una empresa de investigación para que les hiciera una mayonesa vegana. Un año más tarde inició una empresa de eso.
—Trajimos maquinaria desde China, la pusimos en la casa de mi amigo, en la pieza de la hermana, y la hicimos. Pero para mí el producto no era lo que esperábamos.
La vendieron igual.
—Ya habíamos gastado la plata, ya estábamos jugados. Y el producto era el producto, daba lo mismo. Tenías que venderlo bien, era la única mayonesa vegana estable que podía estar en la góndola de mayonesas. Probablemente nadie que no fuera vegano iba a comerla. Pero resultó igual.
Cuenta que durante todo el tiempo que duró ese negocio estuvo investigando, pensando, viendo que en Chile se comía muy mal, que las góndolas del supermercado entregaban como snack para niños productos muy altos en azúcar, y con muchos aditivos. Y a nadie le importaba.
—Hay países más conscientes que otros, donde los consumidores son más educados, pero en Chile no era así. Estamos hablando de hace siete años atrás. Hoy existe más interés. Pero ahí era el peak de la desconexión con la alimentación.
Finalmente se salió de esa compañía, vendió sus acciones y con ese dinero se fue a estudiar a Berckley un curso de emprendimiento que duraba tres meses.
—El programa te hacía relacionarte con el departamento que quisieras dentro de la universidad. Yo elegí el de bioquímica. No quería ser un científico, pero quería entender por qué nada de la ciencia estaba siendo aplicado en alimentos. Voy para allá y me doy cuenta de que el 99 por ciento del departamento trabajaba en fármacos. Todo era farmacéuticas, el mejor equipamiento, la tecnología, la infraestructura, el modelo de negocios, el pago de los profesionales. Ahí me di cuenta de que era un mundo diametralmente distinto a la industria de los alimentos, donde no había nada de eso.
Tras terminar, se quedó tres meses más, tiempo que lo dedicó a conocer profesionales ligados con el tema que le interesaba.
—Yo ya estaba dándole vueltas al problema que generaba la industria de alimentos producto de la utilización de los animales, sobre todo en el factor del cambio climático, y quería hacer algo con eso. Entonces, hubo un momento en que pensé: hoy le estamos dando plantas a nuestros animales para que produzcan nuestra carne. Simplemente estamos ocupando el animal como medio de transformación de la planta hacia un producto. ¿Por qué no sacamos al animal de la ecuación? ¿Por qué no hacemos nuestra carne, queso, leche y huevos a partir de plantas? Y se me ocurrió buscar cómo emular el sabor, la textura y la forma de los alimentos usando plantas.
Tenía un par de datos clave para él: hoy existen más de 400 mil especies de plantas que no han sido investigadas y en la industria de los alimentos se ocupan no más de 15 plantas.
Con esa idea en mente, partió a Harvard a hacer otro curso.
—Allá ayudan a los que están empezando. Por eso pude juntarme con científicos, emprendedores, etc., quienes de alguna manera fueron mentores. Aún tengo las libretas donde tomaba notas, hacía dibujos y plasmaba todo lo que iba aprendiendo.
Finalmente, en Boston conoció a Karim Pichara, cofundador de NotCo. Este ingeniero civil trabajaba en el departamento de Astronomía de Harvard, desarrollando inteligencia artificial para apoyar el trabajo de los astrónomos.
A él le explicó su “loca idea” de sacar al animal de la ecuación, de explorar las plantas, de hacer un modelo predictivo, de cómo replicar sensorialmente una leche que venga de plantas, o un yogur, o una hamburguesa. “Le dije: ‘Necesito interpretar datos, y no tengo quién me ayude con eso?’”. Empezaron a trabajar juntos. A la semana, Pichara le envió una fórmula que imitaba una mayonesa, luego le mandó una de chocolate, leche y galletas.
En ese mismo período, Muchnick contactó a Pablo Zamora, bioquímico, doctor en biotecnología y posdoctor en genoma de plantas, que trabajaba en el Research Center de UC Davis en Chile.
—Le conté todo y lo primero que me dijo fue: “Eso es imposible, no se puede hacer”. Y fin. Para él era una idea que no tenía ni pies ni cabeza. Inteligencia artificial con biología molecular, aplicada en alimentos, ¡no! Más encima, un tipo como yo, que no tenía background científico, detrás de todo. Pero a las tres semanas me llamó y me dijo: “Matías, ¿sabes qué?, no he podido dormir desde que me presentaste la idea. Así que dale, vamos”.
A principios de 2016, los tres socios encontraron el sitio donde hoy se emplaza NotCo en Macul. Es un espacio amplio, de 200 metros cuadrados. En las oficinas y el centro de investigación hay mesas con tubos de ensayos, computadores y grandes mesones donde se puede cocinar.
También unas especies de cocinas. Allí es donde se hace el trabajo de investigación y desarrollo. Y donde se crean los productos.
Los tres inventaron un algoritmo para mezclar los ingredientes de las plantas. Lo bautizaron con el nombre de Giuseppe, en honor al artista Giuseppe Arcimboldo, que pintaba utilizando vegetales.
—Giuseppe es un algoritmo que fue pensado para que nos ayudara a predecir qué combinación de ingredientes vegetales debíamos usar y cómo combinarlos para poder llegar a un resultado parecido a, por ejemplo, la leche. Para eso, primero tengo que entender lo que es la leche. Entonces hicimos unas descripciones de alimentos que tienen cuatro fuentes de datos para describirlo. Una presencia de moléculas en el producto, la composición físico-química, la composición espectral, que es una disciplina que Karim trajo de la astrofísica para mirar al alimento y la parte sensorial también. ¿Por qué? Porque nos dimos cuenta de que cuando se entrelazan esos datos, es ahí donde está el real valor y la descripción.

—¿Nadie tenía nada de esto investigado?
—No de la manera en que nosotros lo expusimos. No, jamás. Y también requirió pensar fuera de la caja y juntar a dos genios y dos disciplinas que no se juntaban antes para su aplicación en la industria de alimentos, sí para fármacos y agroindustrias. O sea, machine learning, biología molecular y ciencia de plantas.

—¿Querían un algoritmo que sirviera para todo tipo de alimentos?
—Sí. Entonces empezamos a hacer pruebas con un montón de cosas. Galletas, chocolates, salchichas, hamburguesas, yogures, todo. Y yo probé cosas asquerosas. Una vez me llegó un líquido azul, se veía cerdo, y lo pruebo y tenía sabor a leche. Y dijimos: “Chuta, aquí hay algo”. Pero nadie se va a tomar una leche azul. Y ahí nos dimos cuenta de que teníamos que darle feedback visual también al algoritmo.

—¿Y qué define a la leche blanca?
—Una foto. El reconocimiento de imágenes es súper importante, porque un queque puede ser igual, pero tú prefieres el queque que se vea más lindo que uno feo, aun cuando tengan el mismo sabor.

—¿Eso también se pone en la base de datos de Giuseppe?
—Sí. Es parte de lo sensorial. El algoritmo tiene que entender cómo generar algo blanco. Entrenarlo. Entonces sabemos que ciertas combinaciones de ingredientes de las plantas generan cosas blancas: agua con aceite y almendra hace blanco. Es la lógica lo que entiende el algoritmo. Los underline patterns (patrones subyacentes) son los que descubren las interacciones o las cosas que van a pasar con un alimento. Yo a Giuseppe le digo que quiero una leche y él entiende que la leche es blanca, que es líquida, que cuando la someto a calor hace espuma, que cuando está fría no se congela. Esta es la teoría de NotCo: que en los datos está todo.
A fines de 2016, NotCo, que en esa época se llamaba Not Company, estaba lista para lanzar una mayonesa, que a decir de Matías Muchnick aún no era buena, “pero dijimos, no importa, lancémosla y luego la vamos mejorando”. Pero un día pasó el milagro: Camila Sepúlveda, una chef que habían contratado y que hoy es parte del equipo, le pasó una cucharada de mayonesa.
—Yo le dije que no me diera más mayonesa Kraft, y ella me dijo: “No, es nuestra mayonesa”. Y ahí fue. ¡Lo logramos!
Pero en realidad esa era solo la primera parte, porque luego debieron pensar cómo hacer la mayonesa a una escala vendible. Tenían que cocinar miles de kilos de garbanzos, conseguir lupino del sur de Chile y otros ingredientes de la ecuación, además de empaquetar y embalar el producto.
—Compramos unas marmitas, esa fue nuestra gran inversión.
Fueron a Cencosud a ofrecer la mayonesa y les gustó. Pero el primer embarque, porque ellos no sabían cómo hacerlo, llegó quebrado. Fue un momento doloroso, donde Muchnick pensó en renunciar a todo.
—Perdimos tres millones de pesos. Hoy se ve como nada, pero para mí era todo lo que teníamos.
El segundo embarque salió bien y a los tres días, dice Muchnick, la mayonesa se había acabado en todos los supermercados de la cadena.
A los pocos meses, IndieBio, una de las aceleradoras de tecnología más importantes del mundo, se contactó con ellos para ayudarlos a crecer.
—Yo ni siquiera había postulado a eso, porque me parecía imposible. Postulan 1.800 proyectos y quedan 12. Ellos nos apoyaron económicamente y luego nos llevaron frente a 1.200 inversionistas de Silicon Valley.
Esa primera vez levantaron 3 millones de dólares, recuerda.
—Ahí recién recibí mi primer sueldo y me mudé a mi propia casa. Los tres millones los metimos en investigación, en infraestructura y salimos a otros supermercados y creamos la planta que está en Macul. También contratamos más gente, chefs, etc.
En 2019, fueron a otra ronda de inversionistas, donde participó Jeff Bezos, dueño de Amazon, quien invirtió en la empresa para su crecimiento y expansión.
—Yo justo fui a Stanford a hacer un programa de emprendimiento de una semana y ahí conocí a un profesor que, a su vez, conocía a Bezos y me hizo el contacto. Una semana más tarde me avisaron de que iban a invertir varios millones de dólares.

—¿Saben qué piensa Bezos de NotCo?
—No lo conozco, pero lo que me dijo su equipo es que quedaron sorprendidos, porque nosotros dimos con una tecnología en la que ellos nunca habían pensando y que es revolucionaria. Por eso lo hicieron.
Hoy NotCo está haciendo hamburguesas, leche, helado y mayonesa. Ya tienen oficinas en Brasil, Argentina y están abriendo nuevas en Perú, Colombia, México y Estados Unidos, donde planea irse a vivir el próximo año.
—Me iba a ir este año, pero con Trump el tema de la visa está complejo.

—¿Qué consejo le daría a un emprendedor de Chile?
—El tipo que dice “nunca más quiero un jefe y por eso voy a hacer lo mío”, sufre, porque esto no se trata de las ventajas de no tener jefe. Emprender es complejo, uno pierde mucha vida, no ir a las comidas familiares, dejar de ver a los amigos. El estrés. Yo siempre me he atendido con el psicólogo, desde chico, pero en algunos de estos meses he tenido que tener dos o tres citas a la semana. La presión es muy alta y tienes a 200 personas a tu cargo, pero el camino es muy solitario. Es muy duro emprender. Pero la felicidad de lograrlo es aún mayor.

—¿Qué ha sido lo más doloroso del éxito?
—Que aún no siento que hayamos tenido éxito. Nos alegramos cuando conseguimos más capital, pero esto es como cuando llegas a una bencinera en el desierto y te cargan el combustible. Lo que viene ahora es seguir andando y llegar a la próxima bencinera. Hay cosas que nos encantaría celebrar; de hecho, en el equipo nos criticamos porque no celebramos mucho, pero cuando pasan estas cosas lo que tengo en mi cabeza es que hay que responderles a los inversionistas, que hay que, simplemente, seguir.


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