El inicio del futuro

, Internet, Modernización de Empresas, Otros, Tecnología Personal, Telecomunicaciones

En 1989 llegaron los primeros teléfonos móviles a Chile: usaban tecnología 1G y sólo permitían hacer y recibir llamadas. Aparatos pesados y grandes, tan lejos de lo que hoy conocemos por smartphones. Así empezó el vertiginoso viaje que nos llevaría a la total hiperconexión.
Hace 30 años nadie se imaginaba que la telefonía móvil llegaría a lo que tenemos hoy. La posibilidad de tener un computador de bolsillo, delgado y liviano que permite acceder a toda la información en internet, mandar fotos y videos, e incluso hacer videollamadas al otro lado del mundo, parecía un asunto de ciencia ficción.
Los primeros celulares que llegaron a Chile eran pesados, grandes, poco portátiles. Funcionaban con tecnología 1G que permitía hacer y recibir llamadas. Eran vendidos por la Compañía Telefónica de Chile, conocida como CTC. En 1988 la empresa ganó la concesión para implementar esta tecnología en el país y en diciembre comenzaron a vender los primeros equipos, pero no sería hasta marzo del año siguiente cuando podrían usarse. La CTC concentraba casi el total de teléfonos móviles del país.
Como explica Fernando Saiz, director de Asuntos Públicos de Movistar Chile, esta tecnología se lanzó en una época donde sólo existían los teléfonos fijos, que tenían largas listas de espera: se podía demorar dos o tres años en recibir el teléfono en la casa. Por eso, la llegada de los celulares fue un hito: “No tener que depender de la lista de espera y poder tener el teléfono donde lo quisieras fue la primera gran revolución de las telecomunicaciones en 1989”, explica Saiz.
Los celulares se vendían con plan y se pagaban mediante el arriendo de los equipos, normalmente en 12 o 18 cuotas. Los precios sobrepasaban los mil dólares de la época, lo cual los hacía prohibitivos para gran parte de la población. Sus usuarios eran empresas que necesitaban flexibilidad para comunicarse y que podían absorber los altos costos del servicio, ya que los precios de las llamadas eran altos y lo pagaban quienes las hacían y quienes las recibían. Recién en 1999 cambió esa modalidad.
Diana Korze (58) fue una de las primeras en contratar el servicio. Recuerda que estuvo entre las primeras 80 personas en tenerlo. Ella trabajaba vendiendo repuestos eléctricos para fábricas y empresas con su marido, lo que significaba estar todo el día recorriendo Santiago. Apenas supieron de la existencia de estos teléfonos, vieron en ellos la mejor opción para su negocio y contactar clientes.
“Se escuchaba supermal y costaba un montón tener cobertura, seguramente porque no había la cantidad de antenas que hay ahora”, cuenta Diana. En esa época, CTC tenía un showroom con todos los modelos disponibles en Huérfanos 540; allí Diana compró el suyo. “Había harta gente atendiendo y nadie comprando. Nosotros pagamos con seis cheques. Luego la cuenta también era grande y eso que no llamábamos amigos ni parientes, era sólo para trabajo”, explica.
Su primer celular era gris, pesaba cerca de un kilo y medía casi 30 centímetros. “Le llamaban ‘ladrillo’, había que ponerlo en una base y se demoraba horas en cargar. La batería no duraba mucho, como ocho horas. Había que estar cargándolo y buscando un lugar donde llegara la señal”, dice Diana. Para ella, era como esos teléfonos que se ven en las películas de guerra.
Como explica Saiz, “la telefonía móvil vino a ocupar un espacio entre las personas que necesitaban ser ubicadas en movimiento y, al inicio, en lugares donde no llegaba el teléfono fijo”.

Sólo trabajo
Parece difícil imaginarse un mundo sin las facilidades e inmediatez que entregan los celulares, pero antes la gente usaba otras formas. “Si querías juntarte con alguien tenías que ser bien preciso en el lugar, porque te comunicabas por teléfono fijo y no había más comunicación hasta que te juntabas. Si la persona tenía un contratiempo en el camino no tenía cómo avisarte, te pegabas el plantón”, recuerda Felipe Lasserre (64).
En esa época Felipe trabaja sólo como ingeniero en una constructora y constantemente viajaba y recorría faenas. El teléfono móvil fue una solución. “Salía de la faena, me iba al banco y llevaba el celular, pero era incómodo. Lo llevaba con un maletín colgando del hombro. Recibía un llamado y la gente me miraba raro”, explica. La gente le preguntaba qué andaba trayendo y les explicaba que era un teléfono transportable.
Había tres opciones de teléfonos móviles que vendía CTC. Uno que parecía una especie de batería grande con un teléfono fijo puesto encima, otro más delgado que permitía ponerlo en el auto y un tercero que era más parecido a los que aparecieron después. Tenía una antena extraíble, botones blancos, una correa para agarrarlo.
Daniel Almenara (64) recuerda que el suyo era marca Panasonic y parecía un lustrín de zapatos. “Era negro y tenía una caja grande. Era como una maleta”, cuenta. Pesaba como 4 o 5 kilos. Por el peso, normalmente lo andaba trayendo en el auto.
Lo compró entre 1988 y 1989, no lo recuerda con exactitud. Trabajaba -y trabaja- fabricando maquinaria para la agroindustria y necesitaba andar siempre conectado con sus clientes, proveedores y sus trabajadores. “Lo usaba en la ciudad e intentaba no alejarme mucho, porque en esa época no había tantas antenas. Al viajar de Curicó a Santiago había muchos sectores de la carretera en que no tomaba señal”, dice Almenara. “Una llamada de un par de minutos costaba unos cinco mil pesos de ahora. Yo lo usaba exclusivamente para trabajar, no como ahora”.
Con el tiempo, y su uso más masivo -no sólo para trabajo-, crecería el mercado de los teléfonos celulares. En 1989 había 4.886 líneas móviles. Para 2018, la cifra llegó a 25.178.981. En el caso de las líneas fijas, a fines del año pasado sumaban 2.997.192 (ver infografía).

Avances
Los primeros años de la telefonía celular no causaron el revuelo que después haría Steve Jobs cuando presentó el primer iPhone el 2007. A fines de los 80, en los diarios de la época aparecían notas breves sobre las concesiones y lo que iba pasando con los móviles, aunque sí había grandes avisos publicitarios anunciando las bondades y beneficios que traían los celulares para estar siempre conectados.
El contexto histórico en que se dio la llegada de estos teléfonos fue en plena transición a la democracia, tras el plebiscito de 1988. Chile venía remontando su economía después de la crisis de 1982 y varias empresas estatales fueron privatizadas. “Era una época de cambios totales. Algo que fue fundamental fue que las empresas -Entel y CTC- se privatizaran. Mientras eran estatales, no tenían los recursos para poder invertir, no alcanzaba para las líneas fijas, menos para los móviles”, explica Fernando Saiz. La venta de las acciones que eran de Corfo permitió que llegaran inversores extranjeros a CTC, como Bond y luego Telefónica en 1990. “Esta tecnología existía en el mundo a inicios de los 80, pero no había llegado a Chile. Hubo vientos de innovación y de ponerse al día”, cuenta Saiz.
A mediados de los 90 los celulares empezaron a achicarse, a abaratar sus costos y empezar a llegar a más personas, pero aún seguían caros. En paralelo, las compañías hacían esfuerzos por aumentar las líneas telefónicas fijas, mejorar las llamadas de larga distancia, el sistema prepago, poner teléfonos públicos, implementar los multicarrier.
“Los primeros dos años hubo un trabajo de que el mercado y las personas entendieran para qué servían los teléfonos móviles, era algo desconocido y caro. No estaba en la cabeza de nadie que todos los chilenos iban a tener un teléfono móvil”, explica Saiz. Él llegó a trabajar a CTC Móvil -actual Movistar- en 1988 y nunca pensó que eso iba a ocurrir. “Sabíamos que venía el 2G, que tenía desarrollo en Europa y una versión en Estados Unidos, sabíamos que se iba a digitalizar y se iba a poder mandar mensajes, no datos ni todo el desarrollo que conocemos”.

Hasta de palo
En poco tiempo, tener un celular se convirtió en un símbolo de estatus. Todos sabían de sus altos costos. “Se transformó en algo medio esnob, había gente que vendía celulares falsos, de palo, imitaciones plásticas y hacían como que conversaban en su auto. Era para aparentar. Hoy tener uno no es signo de nada, pero en ese tiempo daba estatus”, explica Saiz. “Para la gente era la novedad del año. La única experiencia que había con móviles era en las películas. Veías una de 007 en que hablaba por uno, y era como ‘guau’”. Incluso él, que trabajaba en Telefónica, no tuvo uno hasta años después.
Chile, en ese entonces, no se parecía a lo que es hoy. “El Google de esa época eran las Páginas Amarillas de la telefonía, ahí estaban todos los números. Si uno buscaba neumáticos iba a la N y aparecían todas las tiendas”, cuenta Daniel Almenara. “La verdad es que me sorprende con la velocidad que se desarrolló esto”. A él siempre le ha gustado tener la última tecnología: sacando las cuentas, cree que ha tenido alrededor de 30 celulares, casi uno por año.
Por su parte, Felipe Lasserre dice que a su generación le tocó vivir grandes avances tecnológicos: “Entré a la universidad y no había calculadoras portátiles, menos programables. Han transcurrido 40 años y ha sido una revolución tremenda, fuimos viviendo a medida que fue llegando la tecnología a nuestras manos y nos fuimos asombrando de la capacidad de ésta”.
Fernando Saiz explica que lo primero a lo que se asociaron los teléfonos móviles fue a la libertad de hablar en cualquier parte. Lo segundo, lo personal del equipo. “Era muy loco, porque el teléfono fijo era colectivo: se prestaba a los vecinos y ni siquiera era de la familia. Ahora cuesta imaginarse que había cero privacidad, que no existía el concepto de lo personal. Eso llegó con los teléfonos móviles: es libertad, me puedo mover y lo uso cuando quiero, es mi teléfono y mi número”, explica. Pero esa libertad y disponibilidad también es una esclavitud, agrega: “Estar conectado cambió la forma de trabajo; ahora es al revés: el tema es aprender a desconectarse”.


Noticias Relacionadas con este Artículo



Nosotros le podemos ayudar
Etcheberry Consultores